Unamuno y Saramago

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Unamuno dijo aquello de «África empieza en los Pirineos». África, es decir, el Sur, ahora empieza en los Pirineos, los Alpes, los Cárpatos… Las cosas siempre empiezan donde ellos deciden, desde sus cómodos despachos. Si La balsa de piedra, esa novela en la que Saramago imaginaba que la Península Ibérica se desgajaba del resto del continente y vagaba a la deriva, fuese real, ahora mismo estaríamos a la deriva por el Océano Atlántico, hundiéndonos por cualquiera de nuestros costados –quizá por Valencia… Si esto sucediese, esos mismos que claman por el “sálvese quien pueda”, los tiburones capitalistas que sólo buscan beneficios a costa del sudor y del hambre de la gente, los Standard and Fitch and Brothers and De Guindos and Poors de turno, clamarían que la gente tiene la culpa del hambre, que la gente no puede controlar su hambre, que pidieron créditos al banco para saciar su hambre y ahora no los pueden pagar, que el hambre, que el hambre… Seguramente esos españolitos de pro que evaden impuestos, que tienen sus cuentas en paraísos fiscales, nos mirarían desde lejos, desde sus despachos que siempre están en otra parte, en otro país, en otra galaxia, mientras nos hundimos inexorablemente y ellos encuentran otra balsa a la que atacar. Seguramente esos deportistas que fieramente defienden los colores en los Juegos Olímpicos, pero que luego están empadronados en Andorra o Suiza, saldrán a decirnos que si nos hundimos es porque no nos esforzamos lo suficiente, porque no sentimos el espíritu de «la roja». O tal vez no. Tal vez esta vorágine capitalista en la que nos han metido se los tragará a todos, se los comerá uno a uno, serán deglutidos por la prisa, el amor al dinero y la sumisión a un dios superior al que llaman beneficios. Tal vez se hundirán con su propia balsa de piedra y nos dejarán en paz. Pero eso no lo van a hacer solos. Para eso hay que empujarles.

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