Una mirada desde Ginebra. Rousseau contra la propiedad.

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Alfredo Abrisqueta.- Abro los libros de derecho y de moral, escucho a filósofos y jurisconsultos, e impregnado de sus persuasivos discursos, deploro las miserias de la naturaleza, admiro la paz y la justicia que son producto del estado civil, bendigo la sabiduría de las instituciones públicas y, puesto que me considero ciudadano, me alegro de ser un hombre.

Habiéndome instruido sobre mis deberes y sobre mi felicidad, cierro el libro, salgo de la escuela y miro a mi alrededor: veo pueblos desdichados, que sufren bajo un yugo de hierro; veo al género humano aplastado por un puñado de opresores; veo una multitud hambrienta, extenuada por la aflicción y por el hambre, de la cual el rico bebe en paz la sangre y las lágrimas; y veo por todas partes al fuerte armado con el temible poder de las leyes contra el débil”.(Jean-Jacques Rousseau: Principios del derecho de la guerra).

Mi mano derecha sujeta a Rousseau mientras la izquierda va tomando nota de sus históricas reflexiones sobre el modelo filosófico político ideal. Un modelo teórico que asume la igualdad y la libertad de todos los hombres y que tropieza con la “desdicha”, el “opresor”,  el “yugo de hierro”,  la hambruna, la aflicción y las leyes de la despiadada realidad.

 

El filósofo ingles, Thomas Hobbes concibió al hombre como “Homo homini lupus”, locución latina originaria del comediógrafo Tito Macio Plauto que significa “el hombre es un lobo para el hombre”. Hobbes dirá que, dada la perversidad natural del hombre, siempre tenderá a constituir estados civiles basados en la opresión y, por tanto, el mejor estado político que se puede fundar entre todos los individuos, será aquel que ceda todos sus derechos al Leviatán, es decir, al soberano mediante un pacto en condiciones de libertad. Sin embargo, Rousseau no puede estar de acuerdo con Hobbes y dirá que el estado natural del hombre no está en guerra, no puede ser hostil porque es un estado de aislamiento donde la desigualdad no era conocida.
Para resolver este problema que se ha manifestado en nuestros días como el Capitalismo más feroz de todos los tiempos, Rousseau dirá que la voluntad general del pueblo será el origen de su soberanía y de las leyes. Así pues, el derecho particular de cada uno sobre la tierra estára siempre subordinado al derecho de la comunidad sobre el todo, garantizando de esta manera la igualdad.Entonces, ¿cómo pudo surgir la desigualdad desoladora que caracteriza a la sociedad civil o burguesa si los hombres nacieron libres e iguales? Sin pelos en la lengua, Rousseau señalará a la propiedad: “El primero al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir “Esto es mío”, y encontró personas lo suficientemente ingenuas como para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. (…) Guardaos de escuchar a este impostor. Si olvidáis que los frutos son de todos y que la tierra no es de nadie, estais perdidos”. (Discurso sobre el origen de la desigualdad).

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