EL ÚLTIMO TREN HACIA EL MAÑANA

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David Rus.- Todo va a cambiar. Estamos a las puertas de una revolución tecnológica y científica más que evidente. Sólo con fijarnos en los cambios que se han producido en los últimos años ya nos damos cuenta de ello. Estamos cerca de ver coches sin conductor, ordenadores cuánticos que calculen a gran velocidad y el fin de enfermedades incurables a día de hoy. Este futuro prometedor e ilusionante puede tornarse también en un desesperanzador mañana si el tren pasa y nos quedamos parados en la estación.

Planear el futuro de cara a los próximos cuatro años (es decir, de legislatura en legislatura) sacrifica la visión a largo plazo; y nuestro país lleva años muy anclado en la apatía del presente, por mera cuestión de supervivencia ante la crisis. Pagar las deudas y parchear las fugas de la máquina parece que son la única prioridad. Sin embargo no pensamos en la herencia que vamos a dejar a ese futuro; y no me refiero a la monetaria, sino a la propia máquina, vieja y obsoleta. Nuestro mayor error está siendo no saber qué clase de país queremos en nuestro futuro, y no pensarlo puede salirnos muy caro. Allí está el ejemplo de naciones africanas, que intentaron a mediados del siglo pasado ponerse al día a nivel tecnológico y fracasaron, quedando sumidas en la pobreza.

Ese futuro nefasto ya lo estamos sembrando, cientos de jóvenes preparados y formados emigran ante un panorama desolador. Ya no vale aquella frase del escritor Miguel de Unamuno: “¡Que inventen ellos!”; inventaremos nosotros, pero no será en nuestra tierra. Todo esto es resultado de la escasa inversión en I+D+i por parte de las administraciones y también por parte de las empresas. En otros países, el modelo de empresario apuesta millones en investigación. En España preferimos a un empresario que se dedica a la edificación barata o a explotar a menores en otros países. Estos se compran un nuevo yate y  les aplaudimos. Ni siquiera crean tejido industrial aquí; y nos da igual, tenemos entretenimiento barato en la televisión y un puesto de trabajo basura para un centro comercial de capital extranjero: “Virgencita que me quede como estoy, que podría ser peor”.

Ignoramos a prometedoras Pymes, nos cuesta emprender e investigar y apostamos por desarrollos con temprana fecha de caducidad y capital extranjero (no en vano somos el país de “Bienvenido Mr.Marshall”). Es preocupante que esta actitud sea común tanto en el pueblo (al que no se le puede culpar demasiado, por desconocimiento), como en la clase intelectual y política, cuya responsabilidad es mayor, pues actúa a sabiendas. Es indignante que muchos de los que provocan estas situaciones con conocimiento de causa, se autoproclaman patriotas, venerando vacuos símbolos y lemas, mientras con la otra mano “regalan” la estructura interna y económica de su país.

La realidad es evidente, el cambio se acerca, y miles de empleos que a día de hoy lo cubren personas, el día de mañana lo harán máquinas. O cogemos el último tren y apostamos por la investigación y el desarrollo, creando nuevos nichos laborales, o la desgracia de cernirá sobre nosotros. Esto no se arregla “cambiando los tipos de contratos existentes” o con “una reforma laboral”. El tipo de contrato es igual en San Sebastián (10,89% de paro) que en Sanlúcar de Barrameda (40,14% de paro), solo cambia su modelo económico.

En cualquier escuela de negocios te enseñan que puedes competir o bien por precio o bien por calidad, y nosotros lo estamos haciendo por precio, bajando los salarios y los derechos a los trabajadores. Es un campo en el que tenemos la batalla perdida, si tenemos en cuenta que hay países donde por desgracia, se explota al trabajador de manera inhumana, como en Bangladesh.

Una sociedad productora de patentes, de alta tecnología o de arte, es una sociedad que económicamente tiene un mejor porvenir, y que puede hacer frente a lo que venga de fuera, algo inevitable en un mundo tan globalizado como el nuestro. Usando nuestra inteligencia y con un estado fuerte y solidario podemos mitigar las desventajas del proceso globalizador y sacar provecho sus bondades. Tengamos en cuenta numerosas encuestas en las que se ve como la juventud de los países en vías de desarrollo (Sudáfrica, Brasil, India,…) ve con optimismo esa revolución tecnológica, mientras que la juventud europea la ve con miedo. Tenemos la oportunidad de aprovechar el cambio necesario para salir de la crisis para que sea también el cambio que necesita nuestro sistema.

Unido a esta revolución tecnológica y científica debe plantearse una revolución social y humana. Una mejora de la tecnología no implica necesariamente una vida mejor para todos; no en vano, estamos en un mundo en el que se produce mucha más comida de la que se necesita y sin embargo hay gente que pasa hambre. El estado debe de garantizar que ese avance tecnológico llegue a toda la sociedad, no sólo por una cuestión meramente ética, sino porque la economía será más estable y fuerte así. Esto solo se consigue con una sociedad debidamente educada, no solo formada para el mundo laboral, sino intelectualmente preparada para realizar análisis críticos y desarrollar pensamiento propio. Unamos además a la educación, la empatía por el prójimo; de nada sirve el avance si se hace en aras de la riqueza o el poder individual, y no por el bienestar común, por el progreso de la humanidad como especie y por un mundo mejor como único y mejor fin.

Economía y educación, aceptemos estos pilares como discurso inevitable a la hora de asumir un programa o un proyecto político, quedarnos con lo que ha dicho o no un político y con sus disquisiciones personales, es quedarse en la superficie y en lo aparente. Si la “nueva política” se asienta bajo un discurso coherente y prometedor, ganará, porque sencillamente tendrá razón. Pero, al margen de la política, tiene que ser la sociedad, la que pegue ese salto al tren hacia el mañana, antes de que nos quedemos solos en el andén.

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