Crisis de los refugiados y Europa: SIN REFUGIO, SIN VERGÜENZA, SIN FUTURO

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Diego Segovia.- Estamos viendo a niños morir en las playas de Europa, a seres humanos hacinados en campos de refugiados muriendo de hambre, frío y sed; observando la deportación de familias enteras como si fuesen mercancía barata, caduca y reemplazable. Durante estas últimas semanas, muchos hemos sentido vergüenza de pertenecer a esta Unión Europea. No es un sentimiento nuevo, ya ha sucedido en otras ocasiones; pero esta vez nos sacude la tristeza y el miedo de formar parte de estos horribles sucesos y decisiones que serán recordados con el paso de la historia. Todos somos culpables o cómplices de estas decisiones, dado que la Unión Europea no es un ente que actúe de forma independiente: es un organismo formado por un conjunto de estados soberanos que toman las decisiones de forma parlamentaria, y entre esos estados con funciones decisorias está el español.

El gobierno en funciones del PP no ha tenido la decencia de explicar al Congreso y a toda la ciudadanía las razones que le han llevado a apoyar el pacto de la vergüenza entre la Unión Europea y Turquía alegando que un gobierno en funciones no debe comparecer para dar este tipo de explicaciones. Por desgracia, se ha consolidado en nuestro país esa postura de que un gobierno solo tiene que explicar sus acciones al conjunto de los diputados de la oposición, olvidando que la soberanía recae en el pueblo y que la clase política jamás debería estar por encima de él, sino representándole.

refugiados. 3Lo acordado por la Unión Europea con Turquía es un pacto que atenta contra los derechos humanos, que simboliza lo poco que importa el mundo más allá de occidente; que da valor de mercancía a miles de vidas humanas y deja claro que las relaciones internacionales están supeditadas a los intereses económicos y políticos incluso vulnerando cualquier ley, aunque el que las destruye sea el mismo que, día tras día, da lecciones de democracia y de moral al resto del planeta. Esta Europa no aprende, está agazapada por el miedo al ascenso de la extrema derecha en sus distintos estados; está acomplejada, cometiendo los mismos errores que provocaron aquellas atrocidades en un pasado no tan lejano.

Que dejen la vida de miles de personas en manos de Turquía -un país que atenta contra los derechos humanos y oprime a sus minorías étnicas- no es solo un acto inhumano y aberrante, es una consecuencia del triunfo del neoliberalismo y de la competitividad impuesta por la Troika; es la victoria de la austeridad como ideología para el bien de unos pocos, del miedo a los cambios, de la creación de un sentimiento de superioridad europeo que ha calado en una buena parte de sus ciudadanos. Se ha generado un pensamiento compartido de tintes racistas, de odio al islam; de que es necesario colocar vallas muy altas para mantener un nivel de vida que es irreal. Se lo han cargado los mismos que mandan levantar esas vallas, los mismos que deportan sirios a Turquía, los mismos que intentan que no creamos en otra Europa más solidaria que no oprima a los estados más débiles que la forman y que dé lecciones de empatía al resto del mundo.

Durante estos últimos meses están llegando -los que no mueren por el camino o son asesinados- a las fronteras de Europa miles de sirios que escapan de una guerra civil que comenzó hace ya cinco años. Siria es gobernada por Bashar al-Ásad, miembro de una familia dinástica que representa a una minoría religiosa de la zona y que ha sido acusada de ser dictatorial por Occidente (donde despierta odio y desconfianza); aunque también ha sido apoyada -por cuestiones geopolíticas- por Rusia desde tiempos que se remontan a la Unión Soviética. La guerra civil comenzó en aquella Primavera Árabe de 2011, cuando varios grupos opositores se echaron a las calles para intentar derrocar al gobierno sirio y luchar por sus derechos. Esta resistencia fue apoyada económicamente por Occidente, aunque con el avance de la guerra una parte de esa oposición comenzó a aliarse con varios grupos yihadistas. Cuanto más se agravaba el conflicto, más se radicalizaban los grupos opositores, llegando a integrarse una parte de ellos en el Estado Islámico (ISIS), que emprendería una cruel guerra contra el gobierno y contra cualquier persona que no aceptase sus doctrinas. La guerra cambió de rumbo y en la actualidad ISIS ocupa una importante parte del país, controlando la mayoría de medios de subsistencia y de pozos petrolíferos. El fanatismo religioso y doctrinario de ISIS, unido a sus formas totalitarias, a su poderío económico y a su vertiginoso avance hasta las fronteras con Europa, ha desencadenado que ahora no se vea con tan malos ojos que Occidente -de forma ambigua e interesada- apoye al gobierno de al- Ásad.

refugiados. 6.Por estas razones, cerca de dos millones de personas se han visto obligadas a escapar de la guerra. En un primer momento se fueron asentando en los países más cercanos; claro que de esto no se hicieron eco los medios de comunicación de Occidente por falta de interés, por la lejanía del conflicto y porque no había nada de lo que pudieran sacar beneficio. Nos interesó la situación y el conflicto cuando ISIS perpetró ataques terroristas en Europa y se empezó a comprender por qué huían aquellas personas. Tuvieron que morir europeos para aterrorizarnos -algunos de forma interesada y partidista- y ser conscientes del problema que se daba en Siria e Irak. En ese momento -aún en caliente, sin el visto bueno de la ONU y sin un plan sólido-, los poderosos estados europeos decidieron acabar con el terror con más terror, bombardeando ciertas zonas de Siria controladas por ISIS, sabiendo que había civiles inocentes que morirían bajo el fuego que representa la libertad y la democracia. Es curioso que se use la guerra para conseguir la paz, que Occidente venda armas y financie a esos mismos que después bombardea y acusa de querer implantar el terror. Aquí aparece la Europa de los mercenarios, esa que defiende las democracias liberales, pero que vende armas a Arabia Saudí y firma tratados con Turquía, que son cómplices del ascenso y del poder que atesora ISIS. Cuanto más territorio gana ISIS, más personas tienen que abandonar sus casas y sus tierras. Como es lógico, muchas de esas personas han llegado hasta las fronteras de Europa pidiendo asilo, luchando por sobrevivir; familias enteras que arriesgan sus vidas para llegar a Grecia o a Hungría. Allí la Unión Europea les ha estado metiendo en campos de refugiados, algunos de ellos en condiciones de higiene lamentables. Mientras, nuestros parlamentarios europeos -liderados por Merkel- se reúnen y planean cómo solucionar el problema sin que afecte a sus gobiernos nacionales, aparentando ser solidarios y a la vez actuando como mercenarios; jugando con la vida de miles de personas, haciendo gestos racistas para frenar a la extrema derecha que empieza a ganar elecciones y a campar a sus anchas por los barrios de Bruselas, París, Madrid o Berlín.

refugiados.5.La Unión Europea ha acordado con Turquía la deportación de todos los refugiados que están en las fronteras europeas -en especial en Grecia-, a territorio turco. Es decir, van a mandar –sin cumplir con legislación internacional y europea de los derechos humanos– a miles de personas que serán acogidas por Erdogan, ese presidente que se cree sultán y que no duda en oprimir y asesinar al pueblo kurdo, incluso sabiendo que también lucha contra el ISIS por defender las fronteras turcas. Turquía no hace favores a cambio de nada: almacenará a los refugiados deportados a cambio de 6.000 millones de euros y de visados europeos para sus compatriotas turcos, proporcionales al número de refugiados que se hacinen en sus tierras a la espera de que Alemania elija a los más preparados para explotarlos laboralmente en tierras bávaras. Si Turquía “se porta bien” (escondiendo las miserias de Europa y dejando de matar a balazos a refugiados inocentes) puede ser que este tratado sea la llave para su futura adhesión a la UE. Es un pacto donde Europa se lava las manos y se olvida de los refugiados a cambio de dinero y promesas, entregando la vida de miles de personas a un mercenario. En un primer momento se decidió recolocar de forma proporcional a todos los refugiados en los distintos estados de la UE, pero se rechazó la idea y se decidió no cumplir con lo pactado -aunque Francia y Alemania defiendan que la deportación es el primer paso para la futura recolocación-. Es extraño y vergonzoso que Canadá haya acogido a más refugiados que toda Europa en su conjunto; es desolador ver a esa misma Europa que en su día solicitó asilo por la guerra, el hambre y la tiranía saltarse sus propios principios legales. Si hoy la UE pidiese ingresar en la propia UE no podría hacerlo porque incumple varios de los decretos pactados en un pasado no tan lejano: leyes de convivencia y consenso acordadas por esos mismos estados que hoy cierran los ojos a la razón y se acercan al vacío del acantilado que representa dejar morir a personas inocentes que escapan de un terror que ha sido creado en cierta forma con su “complicidad”. Todo lo conseguido después de la 2ª Guerra Mundial se ha profanado en diez días por unos políticos que, en su mayoría, están más preocupados de no perder el control y las elecciones en sus respectivos estados que de cumplir con los valores que hacían de Europa un ejemplo al resto del mundo.

Hay que rebuscar para poder sacar un aspecto positivo de todo esto, pero sí que hay algo de lo que sentirnos orgullosos, y sobre todo esperanzados en el ser humano. Es cierto que se ha vuelto a poner de manifiesto la falta de solidaridad entre la mayoría de nuestros parlamentarios europeos; pero para alegría de la gente decente, esta poca solidaridad de las élites europeas es inversamente proporcional al compromiso y empatía de la mayoría de la ciudadanía, que con sus pocos ingresos ha aportado dignidad y esperanza a los refugiados. Esta pasada Semana Santa se ha recogido en todo el territorio español -a través de asociaciones, partidos políticos y parroquias- tanta cantidad de comida y enseres para ayudar a los refugiados que se han llegado a colapsar la mayoría de los almacenes donde las asociaciones o las ONG acumulan el material que será enviado a los campos temporales de asilo griegos y turcos. Dar un poco de comida, una manta, unas medicinas o un par de juguetes es un acto de caridad que no soluciona nada, es comer hoy para tener hambre mañana; pero en esta situación tan extrema es lo único que puede hacer la gente corriente para intentar ayudar a miles de personas -en su mayoría niños o ancianos- que escapan del terror de la guerra y la muerte. Las ONG y algunos valientes periodistas son los “culpables” de que se sepa la verdad ante el silencio y engaño de la ONU y de la UE. De que se pueda conocer, aunque duela, la penosa situación y el trato a los refugiados en esos embarrados campos de asilo; de que veamos esas vallas de espino que son un grito de auxilio de esta Europa que deja morir a personas en sus puertas, como una señal inequívoca de su propia decadencia -social, moral y política-. Un futuro negro y poco esperanzador asola a la Unión Europea, y tenemos la obligación de luchar por cambiarlo.

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