¿Qué hiciste, acosador?

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El acoso callejero a mujeres sigue siendo una lacra en el siglo XXI. Todo el mundo debería tener derecho a usar igualitariamente el espacio urbano; sin embargo, las mujeres todavía nos vemos obligadas a cruzar de acera o a cambiar de calle para evitar padecer acoso. ¿Hasta cuándo?

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Sara Álvarez Pérez.— Tengo 14 años. Voy por la calle. No sé casi nada de la vida ni de la muerte. Tengo 14 años y un tipo me dice algo que ni siquiera comprendo. No lo comprendo porque no articula correctamente y porque apenas sé lo que es el sexo. Sólo sé que tengo 14 años, que mi cuerpo ha crecido y que me gusta hacer deporte.

Tengo 16 años y mi madre me deja ir al Rastro con mis amigas. Entonces, un viejo se aprovecha de mi mano izquierda, que pende flácida mientras contemplo unos carteles de cine en un puesto del Rastro, para ubicar en ella su polla. Tengo 16 años, me asusto mucho y retiro la mano. Ahora, con 30, lamento no haber apretado tan fuerte que hubiese gritado de dolor. Lamento que no haberle arrancado la polla.

Tengo 17 años y cierto uso de razón. Ya hasta trabajo y tengo algún dinero. Decido irme a comprar discos. Sola. En principio, este último dato es irrelevante, pero en realidad no lo es. Tengo 17 años, me gusta estar sola, he tenido una muy buena relación con mis abuelos y las personas mayores me inspiran ternura y respeto. Tengo 17 años y el autobús no viene. Un señor mayor y amable me invita a un cigarro. Se lo acepto. Charlamos de todo y de nada. No me he fumado ni la mitad cuando me invita a pasar un «ratito con él en un parque» a cambio de mil pelas. Entonces, dejo de esperar el autobús y me vuelvo a casa. Por supuesto, cancelo los planes de ir a comprar discos. Tengo 17 años y peso más que el viejo. Es ridículo que me coaccione una persona infinitamente más débil que yo. Ahora tengo 30 años y sé que lo que el viejo hizo conmigo se llama violencia.

Tengo 30 años y en verano siento calor. Por eso me pongo poca ropa. Pero ahora he aprendido a defenderme. Porque sé que vestirse con poca ropa cuando hace calor para una mujer es casi un desafío. Porque sé que estar en la calle para una mujer es distinto que para un hombre. Ahora si alguien me dice algo, mi primera reacción es gritar alto y claro. Porque ellos se basan en el secreto para seguir actuando como actúan. Son honorables padres y abuelos de familia. Son tu padre y tu abuelo —quizá el mío— y no me inspiran ninguna piedad. Porque nadie es dueño de mi cuerpo más que yo. Nadie es dueño de mi trozo de acera.

Ahora, si un acosador me dice algo, grito. Grito alto y fuerte, que sepan los de la tienda de al lado y los del kiosco de enfrente que el vecino del 5º es un acosador. Porque la calle es tan mía como suya. Porque el error no es que yo esté en la calle a las 5 de la madrugada —o las 5 de la tarde, lo mismo da—. El error es tuyo, acosador. Tú eres quien no deberías estar allí.  

¿A quién se dirige este texto? Se dirige a ti, madre o padre preocupad@ por tus hijas. El problema no está en la ropa que lleven puesta ni en lo atractivas que sean. Eso te lo garantizo. El problema está en los acosadores. Ellas sólo están, viven, sienten, son seres humanos que ocupan un espacio. Y tienen derecho a él. Deben ser conscientes del problema que existe y saber defenderse sin ceder terreno. Porque nadie puede coartar nuestro derecho a ir por la calle libremente.

Y se dirige a ti, mujer adolescente. Yo no sé más ni menos que tú, no soy experta en género. Pero soy experta en calle, y yo solita aprendí a no callarme y a gritar bien alto cuando un tipo me acosaba. Todavía recuerdo con sorpresa la primera vez que grité bien alto en la puerta de mi casa a unos acosadores. Sentí primero vergüenza, pero después orgullo de mí misma. Orgullo porque no me había dejado pisotear. Nadie puede pervertir tu derecho a estar en la calle. Nadie. No lo olvides, y defiéndete con uñas, dientes e inteligencia. Las llaves de casa a modo puño americano son un gran aliado. Te lo digo yo.

Recomiendo vivamente echar un vistazo a los trabajos de Alicia Murillo titulados «El cazador cazado» (busca «El cazador cazado Alicia Murillo» en youtube y encontrarás sus vídeos). Son muy útiles para analizar el acoso desde un punto de vista enormemente práctico.

Y recuerda: no quiero tu piropo, quiero tu respeto.

 

 

 

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  1. A mi me tienen harta realmente… es como una bola que va creciendo, al principio no le das importancia pero TODOS los días alguien tiene que meterse contigo y al final terminas harta.

    Todos los que molestan son tipos viejos asquerosos, con la edad de ser mis padres o abuelos…

    Alguna vez me han dicho cosas niños o adolescentes pero se los perdono porque están jugando… aunque una vez no me di cuenta y cogí a uno de la camiseta y casi lo tiro al suelo.

    No sirve de nada ser señorita parece, hay que ser una mal educada e ir con una postura de agresividad haha o cara de loca para que no te digan nada.

    Eso de cambiar de acera lo estaba pensando ahora… tengo que ir a comprar un toffu haha y hay un tipo en una esquina que SIEMPRE me dice cosas. La última vez le dije imbécil y tenía que volver a pasar y lo miré con asco.

    Qué saben si eres una loca o lo que sea? Ir a decir cosas así a alguien que ni conocen… cutre, y primitivo es.

    Me han llegado a tocar el culo que se yo son bien cansinos.

    El típico pajero que vive viendo porno, masturbándose viendo eso y pagando por sexo…
    No entiendo a los hombres así, es como si fueran animales de instinto, como si no pudieran razonar… sexo y sexo haha que mentes de mosquito que tienen.

    Encima si veo un grupito de hombres me cambio de acera porque ya me estresa.

    A una amiga con pechos grandes le dijeron PUTA… primero guapa y como no los miró PUTA…

    Yo no sé, agradezco que existan las prostitutas porque si no fuera por ellas estaría llenos de violadores en las calles.

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