Podando voy…

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Ana Matesanz.- De todas las utilizaciones que el ser humano hace de otros seres vivos, la que nos diferencia de los demás es precisamente el uso emocional; en el caso de las plantas, la jardinería.

Los árboles son seres vivos. Llevan en este planeta muchos más siglos que nosotros. Durante este tiempo, sus organismos evolucionaron para adaptarse a las condiciones del hábitat. Entonces llegó el hombre, descubrió que podía servirse de ellos para su sustento, para su cobijo, o para mantenerse caliente… Durante siglos convivió con ellos en una relación de aceptable equilibrio.

Un buen día comenzamos a servirnos de ellos también para deleite estético. Sus formas, su floración, los cambios de su follaje, en resumen SU CONDICIÓN DE VIVOS permitía que un mismo elemento fuera ofreciéndonos emociones durante todas las estaciones del año y durante muchos años. Después, con el progreso de los viajes científicos, el hallazgo, traslado y aclimatación de especies de unas tierras a otras fueron descubriéndonos que los árboles eran un modo de traer a la puerta de casa aquello que deseábamos.

Los humanos aprendimos también que podíamos intervenir en  la vida del árbol en otros modos. Además del lugar en que iba a asentarse -elegido por nosotros- podíamos guiar su desarrollo mediante las podas.

Lo que ha sucedido después es puro reflejo del humano occidental, con sus creencias y modos de ver el mundo. De la que era una relación de coexistencia pacífica, hemos pasado a un abuso extremo, a manejar los árboles como objetos inanimados dispuestos exclusivamente para nuestro placer y conveniencia y hemos olvidado las reglas naturales de las que aprendimos. No hablaré aquí de bosques y arboledas naturales, sino precisamente de jardinería y árboles llamados ornamentales.

En lo relativo a su salud, un árbol no necesita ser podado casi nunca. Cuando está en su hábitat, la naturaleza va actuando mediante vientos, tormentas y pequeñas fracturas que la propia planta cicatriza y regenera. Incluso aquellas especies sometidas a la presión del ramoneo o el corte por parte de la fauna, se benefician de ellos. Es nuestra acción, trasladando especies de unos entornos a otros la que comienza el desastre.

Pese a los muchos años que el estudio botánico y agronómico lleva practicándose, parece que cuando un humano occidental accede a un cargo con responsabilidades arborícolas, olvida de pronto las bases y actúa u ordena a sus operarios que actúen como desconociendo los más elementales fundamentos.  Si recuerdo a mis profesores, nada de cuanto me contaron sobre yemas adventicias y latentes, dominancia apical, repeto por la continuidad de cambium… parece ponerse en uso en nuestros parques y jardines. 

Tratamos o dejamos que traten a nuestros árboles como objetos arquitectónicos artificiales. Se eligen poco menos que por coste de transporte, se ubican por razones de resultados políticos, se podan o interrumpen podas por motivos parecidos y en todo ello, no le pedimos opinión al sujeto árbol, que tiene mucho que decir y que acaba diciéndolo a costa de vidas y dineros.

Un árbol tiene unos rasgos determinados por causa de esa evolución secular que he mencionado. Desde el tronco, con su estructura en anillos cilíndricos hasta las hojas oscuras o claras, caducas, coriáceas, pubescentes… Todo ha ido preparándose para determinado modo de vida, pero lo ignoramos y traemos a nuestras calles especímenes oriundos de altas montañas o de pantanos, o de las orillas de una costa tropical. Si usáramos nuestro conocimiento y nuestro respeto, procuraríamos que nuestros invitados extrañasen lo menos posible su origen, ordenaríamos su cuidado en función a su naturaleza, pero por contra pretendemos doblegarlos, que sean ellos quienes se acomoden a nuestro deseo. No me apetece tu copa aparasolada, quiero que seas piramidal. No quiero que seas alto, quiero que tu copa tenga forma de bola y además me estorba tu hojarasca de otoño, no quiero que asomes tus raíces por esta acera o no me van bien ahora que quiero poner aquí otra estructura…Y corte va, corte viene. Podamos.

Pero cada corte genera una reacción en el árbol, responde a ella. La naturaleza lo hizo así y está vivo, así que, amén de intentar cicatrizar la lesión, va a procurar restablecer su propio equilibrio. Cuando cortamos sin tener en cuenta sus reglas, estimulamos la brotación de yemas adventicias o latentes-las que la naturaleza dispuso para emergencias- sucede entonces que aparecen esas ramillas bajas, inoportunas, esos ramilletes que obligarán a ordenar nuevas podas la temporada próxima. 

La estructura completa del árbol ha ido desarrollándose para maximizar su resistencia a los elementos, la zona radicular y la zona aérea se complementan, la distribución del ramaje, el modo en que sale del tronco y se orienta en el espacio al crecer, no son casuales. Cada especie, dependiendo de su origen, tiene las suyas propias-Tampoco es casual que algunas de las estructuras que se proyectan en ingeniería y arquitectura los tomen como ejemplo, ni lo es tampoco que algunas reglas y teoremas lleven su nombre- Por esto, cuando elegimos cortar, debemos considerar el conjunto total, aunque la intervención nos interese a nosotros por un único motivo.

 

Además de cicatrizar la herida, el árbol debe continuar nutriéndose en función a la edad y dimensiones que había alcanzado antes de nuestra agresión, así que a veces suceden esas brotaciones de emergencia-hojas más grandes intentando mantener la misma superficie foliar en menos ramas, por ejemplo- que hacen creer a los ilusos en un mayor vigor. El árbol está pidiendo socorro, como el pez boquea fuera del agua -Le faltan condiciones para hacer la fotosíntesis esa que estudiábamos en la escuela- y unos por desconocimiento, otros por intereses ajenos, no lo escuchamos, no queremos verlo. 

Cuando el árbol está recién podado, está convaleciente de una cirugía, de una amputación, pero no lo consideramos así. Además de descuidar las heridas, seguimos sometiéndolo a nuevos atropellos. Un buen día, por razones X-que pocas veces tienen que ver con el árbol- alguien con capacidad para ello decide dejar de podar, o espaciar aleatoriamente las podas, o cambiar el método o las fechas de intervención y empiezan a suceder cosas. Ramas enormes que se descuelgan sobre las gentes en los paseos, ataques furibundos de plagas que llevan a alguna especie al borde de la desaparición. 

A la memoria me viene la dichosa grafiosis de los olmos ¿Es que el insecto vector y el hongo aparecieron mágicamente en nuestros jardines?  No, estaban en equilibrio, destruían algún ejemplar, enfermaban a otro… pero llegamos los humanos con nuestras rápidas y eficaces motosierras, nuestras hachas, nuestros programas exhaustivos y dimos velocidad de meses a procesos que antes tardaban décadas y daban opción a muchos árboles a recuperarse. ¿Aprendimos de aquello? Pues a medias, dejamos de plantar olmos -un árbol de siempre- y empezamos a usar otros importados que, para colmo, no siempre se adecuaban a nuestras necesidades de ornato callejero, es decir, necesitaban ser recortados para caber en nuestras calles, plazas y alcorques…

Lo preocupante de esto, para quienes no sea suficiente preocupación el hecho del maltrato, la tortura y el abuso innecesarios sobre otro ser vivo, es que cada una de esas acciones incorrectas nos cuesta dinero, dineros del erario público que podrían ser ahorrados o utilizados en modo más eficiente. Las podas innecesarias acortan la vida de los árboles obligando a gastos de reposición más frecuentes, generan nuevos problemas como la progresión de enfermedades, generan gastos para tratamientos fitosanitarios y varias decenas de cosas más. 

El sector del medio ambiente, las concejalías, consejerías, ministerios, suelen ser considerados como asuntos secundarios en el conjunto de la gestión pública. Es frecuente que se asignen por amiguismo o  por simple descarte. Las cosas así quedan en manos de los técnicos municipales, pero éstos, claro está, tienen que plegarse y ceder terreno en cuanto a presupuestos a casi cualquier otra área de gobierno. Por si fuera poco,  en los ayuntamientos más pequeños ni siquiera hay técnicos específicos, todo lo más, pueden preguntar al tío X que siempre ha podado las olivas de sus paisanos con destreza-Claro que los arces, las catalpas, las sóforas o los abedules , por decir solo algunos, no son olivos, pero “de toda la vida de dios se ha hecho así”- Los olivos resisten porque son olivos, tampoco diremos que les encantan los martirios, pero son de aquí y están mejor preparados para aguantar. Sucede acaso que el concejal de turno pide un corte para ganarse a los vecinos de tal zona, a cuyas ventanas les llegan ya las ramas u ordena una plantación en un parque fuera de temporada y eludiendo criterios botánicos porque llegan las elecciones…

Es asunto sería tan sencillo como seleccionar considerando no solo el precio que me hace el vivero, sino qué y para qué lo quiero y dónde voy a ponerlo. Hay miles de especies y un ingente número de ellas ya están en los catálogos comerciales. Las hay altas, bajas, medianas, de copa abierta, ahusada, casi esférica, con flor vistosa, sin ella, para zonas secas, para umbrías, para calor, para heladas, de hoja clara, oscura, variegada, caduca y perenne…¿Cómo puede ocurrir que tengamos que poner lo primero que se le ocurre a un propio y reducir su vida a menos de un tercio de las posibilidades o arrancarlo en año y medio para poner otra cosa? Sencillito, porque de ahí,  como de todo lo demás, hay quien obtiene ventajas y no son ni los árboles ni la mayoría de los que pagamos su presencia en nuestros barrios.

Nuestros árboles también requieren respeto y buen trato. No son tan efectistas en las fotos, ni pueden moverse de casa en casa buscando adopción, pero igual toca replantearse bastantes cosas de aquí en adelante, al menos nosotros, que nos hacemos a diario el cartelito de amantes y defensores de la vida.

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