El mito de Mujica y el discurso de austeridad

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En cuestión de varios años el expresidente uruguayo José Mujica se convirtió en una estrella internacional. El próximo agosto, el cineasta serbio Emir Kusturica espera presentar su último documental protagonizado por esta figura política, trayendo de nuevo el mito a primera línea de la agenda internacional.

José Mujica probablemente sea de los líderes mejor valorados a nivel global. El mismo establishment mediático que demonizó a líderes como Fidel Castro o Hugo Chávez y que hace la vista gorda con presidentes como Juan Manuel Santos (Colombia), Enrique Peña Nieto (México), o Mauricio Macri (Argentina) ha situado a Mujica como una suerte de modelo humano. Los grandes medios han brindado al expresidente “más pobre del mundo” amplios espacios para expresar su pensamiento, incrementando el mito que lo ha hecho viajar por el mundo generando auténticas comunidades de fans.

Pero el prestigio de Mujica no descansa en su gestión como presidente (la cual ignoran la mayoría de sus simpatizantes no uruguayos), sino en el componente humano y discursivo de su figura. Así, el mito de Mujica como presidente honesto y austero creció en un momento en que el establishment mediático europeo y estadounidense se dedicaba a desviar la atención de la opinión pública hacia cuestiones como el derroche público y la corrupción política para ocultar el carácter estructural de la crisis capitalista de 2008.

Así, cuando el foco informativo se centraba en los sueldos de los políticos, en los coches oficiales y en la corrupción, la figura de un presidente que cedió su vivienda oficial por vivir en su rancho, que donaba 90% de su sueldo a proyectos sociales y que usaba una moto vieja como medio de transporte vino como anillo al  dedo para apuntalar el discurso de la austeridad que se estaba promulgando. Más aún tratándose de un líder inofensivo para los poderes dominantes en tanto que nunca cuestionó en sus discursos la raíz de la lucha de clases, ni tampoco se enfrentó a los poderes hegemónicos durante su mandato.

Ciertamente, el paso de Mujica por la historia política uruguaya más allá del ámbito mediático es bastante discreto. Su administración se dedicó a asentar la nueva institucionalidad creada por el primer gobierno frenteamplista al que sucedió. En este sentido, si hubiese que buscar un rostro icónico del proceso político que está viviendo Uruguay desde la llegada del Frente Amplio al gobierno en 2005, es el del actual presidente Tabaré Vázquez. Un médico socialdemócrata, masón, con compromisos cristianos, que lideró la primera incursión de la izquierda uruguaya en las instituciones. Primero conquistó la Intendencia de Montevideo en 1990, donde inició su primer programa  de reformas progresistas; y después llegó a la presidencia del gobierno en 2005.

Un mandato anodino

El periodo de gobierno frenteamplista, se caracteriza por 5 reformas ubicadas entre la socialdemocracia y el socioliberalismo, que fueron lanzadas y diseñadas por la administración de Vázquez durante su primer mandato: reforma del trabajo, reforma fiscal, reforma de la salud, reforma del estado y reforma de la educación. Hasta el momento únicamente se han llevado a cabo las tres primeras, aplicadas junto a diversos programas sociales de mínimos. Así, durante los últimos diez años los uruguayos han experimentado un aumento de su calidad de vida y de sus derechos básicos, hasta entonces altamente vulnerados.

Sin embargo, este proceso de avances sociales ha sido permitido por la burguesía nacional y extranjera debido a los beneficios que la reforma fiscal frenteamplista les ha brindado, depositando el grueso de la carga impositiva sobre los trabajadores de ingresos medios y altos, en vez de sobre los empresarios y el capital. Actualmente, con el actual proceso de recesión económica que vive el país debido a la caída del precio de las comodities, los trabajadores uruguayos viven ahogados por los bajos salarios y las políticas de ajuste, mientras las multinacionales y la burguesía nacional continúan disfrutando de los privilegios brindados por su gobierno títere.

Mujica lideró la segunda legislatura de este periodo, la cual se caracterizó por la continuación de los proyectos diseñados por su predecesor. En su administración apenas destacaron cuestiones como la legalización de la marihuana (bajo el padrinazgo de magnates con intereses económicos en este negocio como George Soros o David Rockefeller); la restitución del aborto legal, vetado en 2008 por Tabaré Vázquez tras haber sido aprobado por el Parlamento; y el fallido  intento de diversificación de la matriz productiva del país mediante el proyecto de minería a cielo abierto Aratirí.

Este proyecto fue fruto del negocio de la administración Mujica con la minera buitre de origen indio Zamin Ferrus y fue condenado por varias organizaciones ecologistas, así como por la propia universidad, debido a su falta de transparencia, y a que en ningún caso garantizaba la preservación del medio ambiente. El descenso del precio del hierro hizo que el negocio perdiese interés para la extractora, la cual terminó abandonando el país y dejando en paro a 110 trabajadores.

Así, el mito creado en torno al expresidente Mujica, lejos de basarse en sus acciones como mandatario, se enmarca dentro de la campaña propagandística producida por los medios de comunicación privados en el marco de la crisis estructural capitalista que se está viviendo. Con el prestigio brindado a este tipo de figura se enfatiza el componente humano y los valores personales de un líder, dejando fuera de foco los intereses de clase reales a los que responde su gobierno.

Manuel González Ayestarán, colaborador de Ágora desde Uruguay.

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