Margaret Tacher: La representación de la codicia

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Zelig.- Los representantes más genuinos de la oligarquía española se deshacen en elogios hacia la llamada “Dama de Hierro”, considerándola una gran Estadista y un adalid de la libertad y el progreso, hasta el otrora diario liberal-centrista y hoy en manos del capital norteamericano la denomina “revolucionaria conservadora”, cuando no fue ni lo uno, ni lo otro.

“La hija del charcutero” fue solo una fanática seguidora de la filosofía de Herbert Spencer, defensor del darwinismo social, y de sus epígonos economistas Frederic Hayeck y Milton Friedman. La lógica de estos economistas se basa en la creencia de que la economía es una ciencia, y como tal tiene unos parámetros estrictamente técnicos para solucionar cualquier problema de índole económica. Pero esta falacia ha sido desmontada por Galbraith y otros economistas, recordando que la economía no existe separada de la política, y que convertirla en un elemento técnico era destruir su relación con el mundo real.

Una de sus frases más famosas fue: “No existe esa cosa llamada sociedad”, para ella no existía nada más que los individuos en particular. Este elogio del individualismo es el principio del egoísmo y la arbitrariedad. Este pensamiento es aberrante puesto que el hombre sólo existe si es en relación con los demás, es como si en física las partículas no estuvieran relacionadas entre sí dentro del átomo.

Su desarme sistemático y calculado del Estado de Bienestar fue una maniobra abiertamente reaccionaria, que permitió a los planificadores financieros desmantelar el sector público con el consentimiento popular.

La Sra. Thatcher pintó los problemas británicos como derivados de la arrogancia del mundo del trabajo organizado. Su desarme  de la clase obrera en Inglaterra haciéndoles creer que les beneficiaba como clientes y consumidores, en contra de sus intereses como empleados, produjo la paradoja de un asentimiento popular.

Su política de privatización de los monopolios públicos consiguió que estos cayeran en manos de oligopolios privados en poder de la Economía financiera. Con la financiarización de la economía británica provocó la destrucción de la Industria Nacional.

Sólo la City Londinense con su desregularización bancaria atrajo la voracidad de los capitales financieros, permitiendo que los especuladores financieros engordasen las cajas de los bancos de la City.

Para la población británica fue como un auténtico azote, antes de la llegada de Margaret Thatcher uno de cada siete niños vivía en la pobreza, después de su salida era uno de cada tres.

Al final de su primer mandato las encuestas eran sombrías para el gobierno conservador, la primera ministra era odiada por una parte bastante amplia del electorado, pero en ese periodo la dictadura Argentina tuvo la nefasta idea de embarcar a su país en la invasión de las Islas Malvinas. Esta circunstancia le permitió apelar al patrioterismo de los británicos haciéndoles olvidar los crueles recortes que hizo en la educación, sanidad y transportes públicos que aun después de tantos años se dejan notar en la sociedad británica.

Sólo su delirio individualista y de odio a la clase trabajadora le hizo implantar el “poll tax” , un impuesto municipal, que obligaba a todos los ciudadanos a contribuir por igual e independientemente de sus ingresos y del barrio en el que residieran, amenazándoles con retirarles el derecho del voto. Esta medida trajo como consecuencia grandes protestas y la negativa de más de 14 millones de ciudadanos a pagarlo. A causa de esto sus propios compañeros de partido la obligaron a retirarse siendo sustituida por John Major.

Sólo puede ser recordada por las clases populares como una de las culpables de la implantación de un sistema económico nefasto para la ciudadanía y que solo beneficia a los grandes poderes financieros.

Se da la paradoja de que esta defensora del interés privado será enterrada con cargo al Estado público en un sepelio que costara 14 millones de dólares.

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