La canica mágica

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La canica mágica

por Margarita Pérez Martín. Trabajadora social.

Luis era un niño muy especial que vivía en Madrid; extremadamente sensible y con una imaginación desbordante disfrutaba con cosas que a otros niños les podían resultar raras pues muchos no entendían su gusto por la lectura, su pasión por los insectos o su tendencia a la soledad. Le encantaba observar durante horas a las hormigas que en fila parecían regresar de la compra cargadas con diferentes cosas hasta entrar al hormiguero o salir a correr al atardecer mientras contemplaba el crepúsculo. Era también muy inteligente, como un pequeño genio distraído andaba habitualmente inventando historias en su mente evadiéndose del aburrimiento pero aunque pareciera estar despistado de repente sorprendía a todos con su elocuencia ante cualquier asunto. En el colegio sacaba buenas notas sin esforzarse demasiado y era considerado un buen compañero por intentar siempre ayudar a los demás.

Aquella tarde de finales de agosto Luis decidió ir a dar un paseo por el camino de la vereda, caminaba absorto en sus pensamientos, ya se acercaba el final del verano y le preocupaba la idea de volver a la rutina. Las vacaciones habían transcurrido como era costumbre en el pueblo de su madre pero estas resultaron ser diferentes al conocer a un chico muy peculiar, le sacaba cuatro años y en él había encontrado por primera a alguien con quien poder conversar largas horas sin aburrirse, era extremadamente interesante escucharle, desde el primer momento en que se conocieron conectaron, convirtiéndose rápidamente en grandes amigos, la despedida fue triste pero pronto volverían a verse… Sumido en sus divagaciones, ya comenzaba a caer la tarde cuando llegando al parque situado junto la ermita una luz deslumbrante llamó poderosamente su atención; se giró varias veces a ambos lados intentando descubrir de dónde provenían aquellas señales refulgentes y como si persiguiese a una mariposa caminó tras el rastro luminoso hasta hallar entre la maleza de un jardín descuidado su procedencia, los destellos provenían de una preciosa canica de cristal azul con burbujas color índigo en su interior la cual emitía unos reflejos hechizantes. Desde ese preciso momento quedó fascinado y aunque ni siquiera sabía lo que era una canica ni cuál era su utilidad supo que era mágica. Se detuvo frente a ella, la recogió del suelo delicadamente de forma ceremonial e inesperadamente se sintió empíreo como si sostuviera el mundo entre sus manos. Sujetándola con dos dedos la elevó hacia el cielo observándola detenidamente a través de los últimos rayos de sol pudiendo advertir su reluciente embrujo y creyó ser el niño más afortunado del planeta pues estaba convencido de que aquello no era una casualidad, había sido elegido  con la finalidad de llevar a cabo una importante misión aunque todavía desconociera su preciso cometido y el exacto poder otorgado a través de la preciosa esfera azul; así que cuidadosamente la guardo en el bolsillo del pantalón envuelta en un pañuelo de papel y volvió a casa gritando en silencio su dicha.

No tardaría mucho en averiguar cuál era la maravillosa facultad que poseía la misteriosa bola de cristal, simplemente al frotarla con la adecuada intensidad y concentrándose en la visualización de su deseo todo lo solicitado comenzó a cumplirse sin excepción. Aquello se convirtió en su más oculto secreto y nunca nadie percibió que la esencia de su buena fortuna se hallaba en la esfera azul que siempre llevaba consigo con la más absoluta discreción, sus ojos verdes destellantes comenzaron a  irradiar el brillo de la ilusión al saber que con aquel magnífico poder otorgado salvaría el mundo y por eso el mundo brillaba fulgurante en su mirada. Comenzó a estudiar con ahínco y a entrenar en atletismo con tesón, debía estar preparado para llevar a cabo su cometido, por eso ser el mejor en todo se convirtió en una obligación, debía permanecer atento y no desperdiciar ninguna oportunidad que el azar le blindara para mejorar, ser feliz y sobre todo ayudar a los demás; hasta que una mañana de septiembre ocurrió algo inaudito. Su madre preparaba la comida, mientras la televisión resonaba de fondo en la cocina cuando inesperadamente interrumpieron la edición habitual dando paso a la última hora informativa comunicando la terrible noticia de que un avión de pasajeros había colisionado contra una de las emblemáticas Torres Gemelas de Nueva York. El edificio ardía con miles de personas en su interior, mientras el planeta entero quedaba conmocionado ante las horribles imágenes; con gran desesperación buscó la esfera en su bolsillo y la frotó pidiendo con todas sus fuerzas que cesara el fuego, que no le pasara nada a nadie pero el incendio no se detuvo. La gente desesperada presa del pánico comenzó a saltar por las ventanas al vacío huyendo de las aterradoras llamas y súbitamente otro avión volvía a estrellarse contra la segunda colosal torre gemela, aproximadamente dos horas después de la primera colisión ambas acabarían derrumbándose, marcando el principio del fin de una era, señalado de igual modo un antes y un después en la vida del pequeño quien continuó persistente suplicando, comprobando que nada podía detener el horror pues la omnipotente esfera parecía haber perdido su encanto.  La frustración se adueñó de su alma, sucesivamente otro atentado más esta vez contra el Pentágono tenía lugar, Luis cayó abatido en la cama como las magistrales torres; aquel fatídico 11 de septiembre del año 2001 comenzó a dudar de la magia.

Durante varias semanas se planteó deshacerse de la bola de cristal pues se mostraba obsoleta, tras haberse entregado fervientemente a la misión de salvar al mundo esa prueba del destino le demostraba su estrepitoso fracaso. Pronto observó estupefacto cómo se desencadenaban importantes acontecimientos que marcarían la historia de la humanidad ya que EEUU decidió invadir Irak al revelarse el supuesto apoyo prestado por su presidente al grupo terrorista yihadista culpable del atentado. El estado todopoderoso se había abanderado como  responsable de la paz internacional previniendo a toda la sociedad de un posible ataque con armas de destrucción masiva, esta justificación disfrazada de causa honorífica era perfecta para encubrir el verdadero y principal  interés oculto, acceder a los pozos petrolíferos iraquíes, gran fuente de ingresos que hacía tiempo cegaban la codicia de los magnates estadounidenses. Luis no entendía nada, ¿cómo se podía iniciar una guerra en favor de la paz? profundamente triste decidió no volver a proyectar nada, ausente y cabizbajo permaneció por semanas preguntándose por qué aquel deseo, el más importante formulado hasta el momento no le había sido concedido , hasta encontrar la respuesta: no solo había subestimado el poder de la canica el cual no tenía el alcance suficiente para actuar a tantos kilómetros de distancia, sino que además no había visualizado su intención con la energía requerida por un suceso de tan gran magnitud. Sorprendentemente en los días sucesivos el Gobierno español declaró públicamente el inminente envío de sus tropas respaldando la invasión estadounidense a la región de Oriente Medio, ¡no podía creerlo! Sin embargo esta vez la indignación le hizo resurgir de su abatimiento, miles de personas se unieron en numerosas manifestaciones que dieron la vuelta a globo con un ecuménico NO A LA GUERRA. Ahora estaba convencido que con toda aquella fuerza y la suya propia solicitando su anhelo con la intensidad necesaria se detendría el conflicto; pero cuál fue su sorpresa al comprobar que las autoridades no solo  ignorarían completamente la opinión de la Soberanía Popular  sino que además acabarían confirmando su participación en  el conflicto bélico que finalmente tendría lugar, en el que paradójicamente se terminarían bombardeando y masacrando pueblos enteros en pro de la armonía global. Esa misma madrugada así como chocase la primera bomba sobre la primera vivienda civil iraquí, chocó Luis de bruces contra la realidad sintiéndose repentinamente mayor. Algo en él cambió irremediablemente, ya no volvió a confiar en su preciada canica de la misma manera, jamás pudo llegar a olvidar aquellos fatídicos acontecimientos y menos aún con las consecuencias que acarrearían después; otra vez día once, esta vez el once de marzo de 2004 Madrid amanecía asolada, víctima de tres ataques terroristas en la estación de Atocha, en los que fallecerían 192 personas y miles resultarían heridas… nuevamente se detuvo la retrasmisión televisiva nacional para informar sobre la terrible noticia ante la cual el país quedaría conmocionado, Luis lloró, lloró desconsolado, ya no podía hacer nada porque en el mismo momento en el que su Gobierno ignoró la voz del pueblo participando en la absurda guerra había dejado de creer en la magia diciendo adiós al letargo de su infancia y ahora despertaba consciente de  que en Madrid ese día en el que atardecía con un cielo teñido de rojo escarlata no solo se despedía a los difuntos ausentes sino también a la luz de la ilusión que dejaría abandonada para siempre en el mismo lugar dónde antaño la encontrara.

 

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