La guerra: el reflejo de nuestra estupidez

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guerraAlfredo Abrisqueta. – La guerra, cruel escenario de batalla donde los hombres aprenden a tirarse piedras con la boca cerrada. No hay espacio para la luz, ni argumentos que articulen la Razón. La nada nos regala esa oscura tranquilidad que con el viento asoma lentamente para acabar con su cometido: conquistar la ira de nuestros corazones.

No es sino la muerte lo que le espera al soldado que se presenta voluntario a las órdenes del general-cida. Los cuerpos vacíos de ideas son los primeros en coger un fusil para exterminar a su propio hermano. Ese oscuro escenario, desgarrador y aterrador, nunca leyeron los versos más tristes de Lorca ni escucharon con atención la felicidad de la Primavera.

La salvación como emblema y la esperanza como lema están impresas sobre las balas de la justicia y las heridas de la verdad. Ahí mismo, se puede ver como yacen los hombres que jamás volverán a caminar. Mutilados cuerpos en descomposición tatúan el paisaje con horror. Ciegos de honor, son motivados por estúpidas medallas que ceban su orgullo y acaban vomitando la patria. Ese odio que encierra en sí el mérito y ese mérito que sirve de pasto para el orgullo. No puedo entender los cimientos de una sociedad que decidió abandonarse a sí misma a merced de su propia locura.

¿Es esto el valor de la vida que se desparrama por la tierra junto con la sangre de los estúpidos? No es justo que el sudor de mi frente caiga sobre las tristes páginas del saber para que unos cuantos las quemen en el olvido. No es justo que la pluma de los gigantes sean vencidas por el plomo de los necios. Y sin embargo, como espectadores indignados, sabemos que esta obra no está hecha para protestar.

Así queda entonces sellado nuestro destino. Unos pocos apreciaron abrir los ojos para dar cuenta de la inevitable estupidez humana, mientras que otros muchos, aprendieron a obedecer sin cuestionar y llegaron a ser el tipo de hombres que gobiernan pueblos, como locos capitanes, que conducen a la deriva a sus tripulaciones. Cuando las páginas dejen de arder será porque no habrá hombres que las puedan escribir o bárbaros que las puedan quemar. Mientras tanto… sigamos siendo espectadores indignados.

 

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