Juego de silencios

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Ana Gil.- Como cualquier último miércoles de cada mes el Ayuntamiento de Alcorcón realiza una concentración silenciosa en su puerta a las 18.30h de la tarde para denunciar “los asesinatos de mujeres por razón de sexo”=violencia de género=violencia contra las mujeres. Silencio, no se escucha nada. Debiéramos de pensar sobre esto. Quizás nos hayamos dado cuenta ya de que el silencio envuelve estas situaciones, un silencio que se da por parte de las víctimas (por miedo, por la ruptura de la idea de sí misma, por vergüenza…) y por parte de la sociedad. Un silencio que de manera colectiva se impregna de auto justificaciones para no responder ante actitudes y conductas de violencia contra las mujeres, porque “algo habrá hecho para merecerlo”, porque “ella le provoca esa ira”, porque “es ella la que no hace nada”, porque “es una cuestión de pareja y deben de tratarlo entre ellos”. Rendimos socialmente homenaje al silencio, no diciendo nada, no actuando, permitiendo que siga ocurriendo ante nuestros ojos, tolerando=legitimando=coparticipando. Es el mismo silencio que mantenemos cuando escuchamos en la puerta del 3ºA como el vecino ningunea a SU mujer a gritos, como la insulta, la menosprecia, la infravalora (porque piensa que ella es SUYA). El mismo silencio que ha invisibilizado a mujeres a lo largo de la historia que aún a día de hoy, siguen sin aparecen en los libros de texto.

A su vez, las mujeres somos socializadas en ese silencio, aprendemos a afrontar los conflictos evitándolos, o tratando a través de la empatía y la comprensión de paliarlos. Y desde aquí, cuando nos agreden tratamos de entender qué ocurre. Silencio. Silencio para evitar el conflicto, silencio para no provocar malestar en el otro, silencio para que parezca que todo va bien, silencio para no ser “la histérica”. Y la culpa se cuela mientras tanto a la mínima oportunidad que tiene, incorporándose en la piel, imbuyéndose, haciéndose cada vez más fuerte. Ante la incomprensión de lo que ocurre y como forma de afrontar y seguir adelante en esos momentos, justificamos la acción del agresor, nos culpabilizan y nos culpabilizamos (venimos recibiendo mensajes cotidianos de que lo que acontece tiene que ver con aquello que hice o no hice, dije o no dije). Parece entonces contraproducente que el acto de supuesta visiblización se base en el silencio. Ese mismo silencio que envuelve la relación de violencia machista, que la mantiene, que provoca que hablemos prácticamente en exclusividad de los “asesinatos de mujeres por razón de sexo”, como si el silencio aprendido como forma de afrontamiento no viniese de la mano de una violencia estructural, como si el silencio e inacción no fueran una forma más de violencia contra las mujeres. Debiéramos quizás de repensar si esta iniciativa de mantener minutos de silencio ante las mujeres no es de alguna manera otra forma más de invisibilización, otra manera de validar el silencio. Debiéramos quizás contrarrestar el silencio con palabras, nombrando a esas mujeres muertas, con nombres y apellidos, y a las otras que por sí mismas y con apoyo de las demás consiguieron salir de esas situaciones. Debiéramos así nombrarlas para reconocerlas, gritar y alzar la voz contra el silencio.

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