Homofobia y sexismo en la escuela

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Sara Álvarez Pérez.— La homofobia, entendida como el «miedo a los homosexuales», está presente y muy extendida a todos los niveles de nuestra sociedad. A pesar de los recientes cambios sociales, en los pequeños resquicios de la vida cotidiana sigue haciéndose patente el odio o el miedo a todo lo homosexual. En el patio del colegio y en las aulas, esto es muy evidente. Hay ciertos comportamientos que, por estar asentados en la costumbre, toleramos y reproducimos, porque «es normal», «es un decir», «no lo digo con maldad», etc. Pero hay muchos estudiantes que, ya desde la educación primaria, sufren acoso en la escuela, son insultados y vejados por el simple hecho de no responder a los roles de género que la sociedad impone. El profesorado en algunas ocasiones contribuye a este acoso, ya sea mediante el uso de un lenguaje sexista, ya sea mediante un silencio consentidor. Afortunadamente cada vez son más las y los docentes que se están formando en este sentido, que siguen cursos sobre educación afectivo-sexual y realizan dinámicas en clase que buscan visibilizar las actitudes sexistas y homófobas. Hay bibliografía al respecto, pero como siempre la red parece ir por delante. Desde aquí recomendamos una visita al blog: diversidadycoeducación.com.

Un niño es «poco hombre», «una nenaza», si prefiere el baile al fútbol, el rosa al azul, las ropas vistosas a los colores apagados… Incluso si tiene la sana virtud de saber expresar sus sentimientos y de canalizar su agresividad sin tener que pegar a alguien, también se le considera «poco varonil». Por otro lado, una niña es «un chicazo», «una marimacho», si no le gustan las muñecas y sí le gustan los deportes, si prefiere ir cómoda a ir guapa o si no sueña con tener un novio o con «ser madre». Del mismo modo, se sancionan comportamientos agresivos de las chicas (devolver un insulto o responder violentamente a una agresión), mientras que se aplauden cuando son chicos sus protagonistas (un hombre debe defenderse y no llorar).

El acoso y el insulto en muchas ocasiones provoca traumas y una enorme soledad en quien las vive. Se utilizan términos que designan un tipo de tendencia sexual (como los coloquiales «maricón» y «bollera») como si fueran un insulto, con lo que el significado de la palabra queda teñido de vergüenza. Estos sambenitos son habituales en nuestra sociedad, y generan una enorme violencia en quien los sufre. La adolescencia, un periodo crítico en la formación de la identidad sexual, es clave en estos casos. La cifra de suicidio de adolescentes homosexuales es mucho más alta que la de adolescentes heterosexuales, precisamente porque muchas veces estos suicidios están motivados en el insulto y el acoso en la escuela (acoso que muchas veces continúa en casa, con los comentarios agresivos).

El tejido social es muy complicado de cambiar. Somos muchas las personas que lo conformamos, y si no cambiamos todas poco a poco, si vamos extendiendo por sus hilos esas actitudes sin ponerles coto o sancionarlas, estaremos contribuyendo a reproducir una serie de prejuicios que ninguna ley conseguirá salvar. Recuerde que callarse en muchos casos significa consentir y transigir con un hecho injusto y doloroso. Aunque no se vivan estas situaciones en primera persona, es muy positivo mostrar que no se está de acuerdo con ciertas actitudes. Los niños y las niñas necesitan de modelos, y en muchos casos un comentario de un adulto sancionando una actitud sexista u homófoba puede ser un bálsamo que aliviará muchos dolores y sufrimientos futuros.

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