Gian Lorenzo Bernini: escultor de escultores

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El rapto de Proserpina


Gian Lorenzo Bernini, El rapto de Proserpina, 1621-1622

Se hallaba la dulcísima Proserpina recogiendo lirios, cuando de pronto se abrieron las tierras para hacer resurgir de las profundidades al dios del Inframundo y de los muertos. Él, deleitado por su belleza, la cogió sin apenas esfuerzo y se la llevó de regreso al  mundo de los difuntos. La joven se resistió cuanto pudo, pero la fuerza de Plutón era demasiado grande; demasiado poderosa…

“[…] y como desde su superior orilla el vestido había desgarrado,

las colectadas flores de su túnica aflojada cayeron,

y –tanta simplicidad a sus pueriles años acompañaba–

esta pérdida también movió su virginal dolor”.

Ovidio, “El rapto de Prosérpina”, Metamorfosis

Gian Lorenzo Bernini (1598-1680) fue arquitecto, escultor y pintor. Si fuese de obligado requerimiento decantarse por una de sus facetas, podría ser su talento como escultor el que habría de ser elegido entre  los demás. Sus esculturas vinieron mostrando, desde sus inicios, una visible influencia de la obra de Miguel Ángel, así como de la estatuaria clásica. Sin embargo, en su obra se puede apreciar cómo la expresividad y el movimiento alcanzan una cota de magnificencia inimaginable.

Son muchos los ejemplos a los que se podría haber acudido para explicar la importancia de Bernini como escultor. Así, el Martirio de San Sebastián (una de sus más primarias obras) transmite una congoja avalada por un cuerpo consumido por el dolor y que, a causa de ello, queda apoyado grotescamente sobre un árbol, emitiendo una sensación de inestabilidad que genera en el espectador un sentimiento de ansiedad y melancolía devastador. Por su parte, Eneas y Anquises, Neptuno y tritón y Apolo y Dafne, forman en conjunto tres mitológicas que, junto con El rapto de Proserpina, expresan a la perfección no sólo la importancia que otorga el escultor al movimiento en la escultura, sino también a un modo de representación que permite observarla desde cualquier punto de vista. El magnífico Éxtasis de Santa Teresa se puede entender como la escultura culmen de Bernini, tratándose de un magnífico conjunto escultórico en el que el movimiento del ángel –que se prepara para clavar un dardo en el corazón de la Santa– se combina con el hieratismo presente en la figura de la mujer, que se aprecia sobre todo en la mano que deja caer a un lado y que, al menos aparentemente, carece de vida.

¿Por qué elegir entonces el Rapto? Porque nunca antes había logrado un escultor convertir en carne el mármol. Nunca antes se habían hundido los dedos de un dios en el muslo de una joven hermosa del modo en que lo hacen: con una fuerza llevada por un deseo de posesión casi enloquecido. El modo en que la serpentinata genera una línea helicoidal, haciendo girar a las figuras sobre sí mismas, así como el sublime uso del contrapposto, que dirige la parte inferior hacia un lado y la parte superior hacia el otro, ofrecen una antítesis visual a través de la cual el escultor refleja, en su más absoluta perfección, el abismo que separa dos personalidades: el poder, la rudeza y la crueldad de un dios y la fragilidad, delicadeza e inocencia de una preciosa joven cuyo rostro es la viva imagen de la desesperación y el miedo, de nuevo contrastados con la determinación de la que hace gala el impasible dios de los muertos. A sus pies su fiel compañero, el can Cerbero, perro de tres cabezas, no hace sino acrecentar el poder del invencible.

Ana Fernández Ortega. Historiadora del arte y escritora

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