Paul Gauguin: el occidental que disipó la niebla.

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La mirada occidental no entiende de arte; no entiende de nada. Sólo se comprende a sí misma. Es egocéntrica, segregadora, arrogante. Es ajena a todo aquello que se aleja de lo que ella considera legítimo cultural, social y políticamente. Es su arte el más bello, el más racionalmente evolucionado a través de los tiempos; el que en nada se parece a él, es un arte primario, sumido en los estragos de la ignorancia.

Paul Gauguin, Manao tupapao, 1892.

Paul Gauguin, Manao tupapao, 1892.

Fueron sólo un puñado de extraordinarios seres humanos, los que supieron apreciar aquello que era diferente a lo que conocían. Así, por ejemplo, Paul Gauguin (1848-1903) quiso plasmar lo exótico y lo extraordinario de la Polinesia, de tantas gentes a quienes otros consideraron bárbaras. Sin duda, el artista se esforzó mucho por convertirse en un personaje casi novelesco, tratándose de un burócrata que lo abandona todo por la libertad, como él mismo enfatizó de forma constante:

“(…) a falta de enseñanza, libertad: debido a mi audacia, todo el mundo se atreve hoy en día a pintar sin tener en cuenta la naturaleza y todos sacan provecho de ello, venden a mi lado porque, una vez más, ahora todo a mi lado parece comprensible”.

Puesto que era consciente de que su arte no sería bien acogido en la sociedad que le tocó vivir, optó por la gloria futura. Así fue como su obra pasó desapercibida hasta después de su muerte, siendo anulada por la ignorancia de sus contemporáneos. Serían sus amigos quienes, desde la lejanía, mantuviesen viva la leyenda del burgués que abandonó todo para encontrar el paraíso.
Sin embargo, no conviene caer en error: Gauguin nunca representa en sus obras lo que ve. Representa lo que le gustaría estar viendo. En este sentido, se convierte en el pintor, por excelencia, que pone en práctica la teoría del buen salvaje, que había sido ya tan explotada por Jean-Jacques Rousseau un siglo antes.
La primera vez que llega a Tahití, en el año 1891, lo hace en busca del mito del exótico paraíso, pero choca de bruces con la realidad colonial impuesta por los franceses. Es por ello que decide reconstruir aquello que tiene ante sus ojos, creando su propia realidad idílica. Manao Tupapao es la obra clave para comprender el pensamiento del pintor. Él era consciente de que, bajo la corrompida mirada occidental, esta pintura sería percibida como una absoluta perversión, mientras que lo que en realidad refleja es un homenaje a la más pura inocencia: una muchacha desnuda, tumbada de espaldas en un lecho, a punto de dormirse. No es otra cosa sino la representación del primitivismo, de algo que en ese mundo es asimilado con completa normalidad, y no con una mirada lasciva y ensombrecida por pensamientos inquietantes.
Puede que Gauguin tejiese embustes a través de su pintura. La verdad y la mentira quedan en su obra entremezcladas, hasta el punto en que resulta imposible diferenciar a una de la otra. No obstante, no deja de ser cierto el hecho de que renunció a la comodidad de una vida europea para emprender viajes a remotos lugares de la Polinesia, conociendo a sus gentes, conviviendo con ellas, intentando comprender su modo de vida, tan ajeno y distante a aquello a lo que él estaba acostumbrado. Así decidió trazar su camino el pintor occidental: disipando la niebla que no permitía ver, a los legítimos dueños del mundo, el esplendor de un insondable paraíso alejado de los estragos de una sociedad corrompida por el poder.

Ana Fernández Ortega. Historiadora del arte.

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