Una fugaz mirada al arte indio.

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En el mundo occidental, se da una tendencia casi enfermiza a ensombrecer la gloria de las artes que poco tienen que ver con su propia contemporaneidad. Este hecho, sin duda, encuentra su origen en la conveniencia de que aquéllos que no encajan en el marco social dominante, sean tachados de incivilizados.

Yakṣinī de la Stūpa I

Yakṣinī de la Stūpa I de Sanchi, Dinastía Andhra (siglo I a.C.)

El arte indio es una de las víctimas de la tiranía artística occidental. No se reniega de él por la ausencia de una extraordinaria belleza en sus obras, o por la falta de una significación del todo razonada en su contenido. No. La razón es mucho más sencilla… ¡Un sistema de castas en pleno siglo XXI! ¡Qué despropósito! –se escandalizan aquéllos mismos que se enorgullecen de la imposición de la fe cristiana en países subdesarrollados–. Cuánta hipocresía…

La India se ve formada por una amalgama de religiones, las cuales están al mismo tiempo caracterizadas por el ateísmo, el politeísmo y el henoteísmo: existen multitud de divinidades, pero ninguna está a un nivel superior. Frente al eterno individualismo que gobierna el mundo occidental, en la India hay una creencia –común en todas las religiones– según la cual todo está formado por una esencia única. En este sentido, una persona no es nada: sólo es algo idéntico a aquello que tiene alrededor. Aquí no hay protagonistas. No hay héroes ni heroínas.

El Budismo es una de las religiones más importantes de la India; se apoya en la figura de un príncipe llamado Siddhārta Gautama (Buda), quien tras renunciar a su legítimo trono, así como a su inmensa riqueza, alcanzó el Nirvana, esto es, la iluminación, entendida como la respuesta al sufrimiento. El llamado Therāvāda o “Budismo primitivo” se prolongó hasta el año 150 d.C. (según la cronología occidental, por supuesto). Su principal manifestación artística es la stūpa, forma arquitectónica que representa una alegoría del mundo y que sirve como vehículo de meditación.

En la stūpa I de Sanchi podemos deleitarnos con una de las más bellas yakṣinīs que han llegado hasta nuestros días. Las yakṣinīs son genios femeninos que viven en los árboles y que se ponen en relación con la fertilidad; normalmente, se presentan como esculturas de bulto redondo  y elementos sustentantes en una arquitectura. Se trata de mujeres desnudas, sensuales y exuberantes que se contonean en las ramas de los árboles. En el arte de la India –a diferencia de lo que tantas veces ocurre en Occidente– los objetos decorativos no sirven para nada; la forma ha de estar siempre correctamente adecuada al contenido, de manera que todo elemento ha de tener una finalidad práctica, es decir, una utilidad. Es por ello que nuestra yakṣinī no decora, sino que sustenta: sobre sus hombros soporta el peso del Budismo.

En el siglo V, con la consolidación del Hinduismo, el apacible Buda será sustituido por diosas y dioses apasionados y violentos. Así será como se impondrá Śakti, la energía femenina, manifestada especialmente a través de las grandiosas Kali y Durga, diosas hinduistas de la guerra.

En Occidente, definimos al hombre por ser el opuesto de la mujer; en la India, todo hombre ha se saber encontrar su parte femenina. Quizás llegue el día en que los occidentales decidan eliminar sus prejuicios en detrimento del enriquecimiento personal a través de las muchas lecciones que pueden aprender de mundos diferentes al suyo. Será entonces cuando el arte pueda albergar la esperanza de ser realmente universal, y no un mercado.

Ana Fernández Ortega. Historiadora del arte.

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