¿Fin de ciclo? Postprogresismo y postneoliberalismo en América Latina

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Luis Eduardo Dufrechou Bermolén.- Cada época y ciclo histórico tiene una serie de rasgos definitorios. En ese sentido, América Latina constituyó los últimos años la excepción progresista y/o popular al triunfo mundial de la globalización neoliberal, esa huida hacia adelante del capitalismo que impuso el ataque al Estado, la erosión del poder salarial de los trabajadores y la financiarización de la economía como forma de maximizar sus beneficios. No obstante, cabe recordar que esta región también fue el lugar donde el FMI condicionó la última de las “oleadas democratizadoras” experimentando sus recetas. La solución a la crisis de la deuda fue la apertura forzosa, las medidas de estabilización y los ajustes estructurales que prefiguraron una “década perdida” en la que el sacrificio humano fue enorme y la transferencia de riqueza a las naciones centrales equivalió a varios planes Marshall. Casi nada.

La impugnación a este modelo desde los años noventa culminó con la llegada de gobiernos de signo popular, a menudo emanados de duras luchas sociales. Otras veces la crisis estatal llegó más lejos, refundándose el orden político de varios países a través de ambiciosos procesos constituyentes que ilusionaron a la izquierda de gran parte del mundo. Este viraje, además, coincidió con un escenario óptimo: mientras EE.UU. o la U.E. chochaban con la longue dureé de su crisis financiera la demanda china sobre el sector primario proveía a las economías extractivistas del subcontinente los recursos necesarios para desplegar políticas públicas de carácter redistributivo mediante transferencias de renta, una inversión pública sin precedentes e incrementos salariales muy notables. Durante más de una década la “memoria colectiva” del fracaso neoliberal, la mística política de las luchas populares que lo enfrentaron y la coyuntura económica, que posibilitó la expansión de las siempre autopercibidas clases medias y la democratización del consumo, se dieron la mano explicando tanto el exitoso retorno del Estado como el comportamiento electoral progresista de una región por lo demás no excesivamente ideologizada, tal como demuestran sondeos de opinión como el Latinobarómetro.

Esta coyuntura terminó, y hay quienes opinan –y ante todo desean- que las pérdidas del poder del kirchnerismo en Argentina y de Dilma en Brasil son sintomáticas del ocaso de una época. Podría ser, aunque no necesariamente. Desde luego estos triunfos de la derecha -nueva o vieja- alimentan la hipótesis de que América Latina está viviendo el final de un ciclo político regional dominado por la izquierda. Es más, hay quienes incluso ya hablan de “postprogresismo” en oposición a otra categoría, “postneoliberalismo”, muy de moda los últimos años. Los críticos a esta tesis cuestionan, con razón, que las diferencias entre cada país son lo suficientemente importantes como para no caer en la tentadora trampa de simplificar y extrapolar a todos por igual una misma situación ideal. Nada ayuda menos en el análisis que dejarse llevar por la corriente, pero la lealtad política no debe consistir tampoco en taparse los ojos y disfrazar de pureza revolucionaria la ausencia de crítica: si las fuerzas progresistas no rectifican y se reinventan la coyuntura actual puede marcar un parte aguas más o menos compartido a nivel regional, de igual manera que lo fue la llegada de los primeros gobiernos afines hace más de una década.

La bajada en los precios las commodities está poniendo a los Estados ante nuevos desafíos, pero no solo. La mística que fundamentó la legitimidad de origen de estos gobiernos y la adhesión de la población al relato sobre los logros conseguidos ha declinado significativamente, también por el peso demográfico de unas generaciones que no vivieron o no recuerdan qué significó el neoliberalismo. Ante esta situación, o la expansión de las clases medias, las fuerzas progresistas deben superar su actual bucle discursivo y atreverse, aun sabiendo lo difícil de la coyuntura, a profundizar en una agenda que responda a las aspiraciones y necesidades irresueltas de sus poblaciones: implantar impuestos a la renta que sustituyan el rol determinante de las exportaciones, nacionalizar los fondos de pensiones allí donde permanecen en manos privadas o apostar por una salud y educación públicas de calidad son solo algunos ejemplos de retos que a mi juicio hay por delante, por más difíciles que puedan resultar. Si las dificultades no sirven para realizar buenos diagnósticos, agudizar el ingenio, profundizar los cambios e identificar -y responder a- las nuevas demandas de las poblaciones las tesis que auguran el retorno derecha se verán confirmadas.

Con todo hay un aspecto significativo que no podemos obviar: toda transformación –rupturista o reformista- parte de la realidad heredada, y la recibida por los gobiernos progresistas y la que están heredando o podrían heredar las “nuevas derechas” tras la denominada “década ganada” distan mucho entre sí. Este elemento, el poco fervor ideológico de los neo-neoliberales actuales y la constatación de que el retorno del Estado fue beneficioso para amplias mayorías pueden ser consensos económicos que operen en contra de los hipotéticos planes de achicamiento estatal, ajuste estructural o desposesión de lo público. Es por ello que no parece inviable imaginar un escenario “postprogresista” en el que la derecha se vea obligada a ser o al menos parecer “postneoliberal”. Esta situación representaría una cierta victoria del sentido común de las fuerzas de izquierda, pero es solo un futurible. Únicamente el tiempo y los pueblos decidirán.

Luis Eduardo Dufrechou Bermolén, alcorconero, historiador y docente universitario en Bolivia.

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