España, ese país sin una verdadera revolución social

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Diego Segovia.- Levantamientos, pronunciamientos o guerras de independencia, pero nunca se ha dado en España una verdadera revolución social, una unión del pueblo que de forma espontánea acabase con el orden establecido, no con un gobierno o con ciertos elementos de las estructuras de poder, sino romper con  la totalidad del sistema político y social existente.

Nunca tuvimos una revolución como la francesa o como la rusa, siempre hemos tenido un espíritu combativo local, con miedo a romper de raíz, atacando a las estructuras que en las distintas épocas de crisis oprimían a la mayoría de la nación. El porqué de este sentimiento de sometimiento imperante es muy complejo. Algunos historiadores creen que es por el cooperativismo del pueblo, mientras nos den de comer nuestro hermano o vecino no nos levantaremos contra los que nos quitan el pan y la dignidad. Otros creen que es algo educativo, nunca hemos tenido una verdadera conciencia de clases, hemos ido heredando sistemas fracasados, adaptándolos con reformas puntuales que favorecían a partes importantes de la población, estas partes nunca dejaban que se produjesen insurrecciones importantes aun siendo ellos mismos un sector de los oprimidos. Las clases más bajas siempre han estado alejadas de la educación, solo las élites tenían una cultura amplia, semejante a la europea. Otra teoría es, el enfrentamiento entre ideales opuestos dentro de las clases populares, conservadores-liberales en el siglo XIX o izquierda-derecha en el siglo XX-XXI, esto nos ha llevado a defender a reyes absolutistas inútiles como Fernando VII, a dictadores fascistas como Franco y a partidos que  destruyen los derechos del pueblo como el PP o el PSOE. Siempre observando como la Guerra Civil y las posterior Dictadura nos divide, nos obliga a aceptar a gobiernos de un ideología o la contraria por la influencia del pasado, no por las actuaciones del presente, alejándonos de algo vital, las clases medias y bajas debemos de ser oposición a cualquier gobierno tirano, debemos levantarnos y luchar por defender los Derechos del hombre y del ciudadano, curiosamente redactados después de una verdadera revolución social, liderada por el Tercer Estado, no por un militar o por una nobleza u oligarquía que sólo ansían poder personal, nunca  poder para el pueblo. Como decía Sieyés, cónsul francés junto con Napoleón: “el pueblo forma la nación, el pueblo es la nación, todo grupo o persona que no tenga una ley común y disfrute de privilegios personales o estamentales está excluido de la nación, no la conforma más la debilita y la destruye”. No tenemos sentimiento pleno de nación, según el término de nación francés, del alemán romántico nos sobra.

Creo y puedo equivocarme que si no se ha producido un levantamiento social en nuestro país es en parte por la caridad, ese término tan complejo y tan cristiano. Como decía Lenin antes de la revolución, si damos de comer a un pueblo hambriento éste nunca se levantará contra el que le lleva a esa situación. La mayoría de gente pasa de la política, quieren vivir bien y tener un plato caliente todos los días. En épocas de verdadera necesidad el propio gobierno del momento pone mecanismos de caridad a disposición de ciertas organizaciones (muchas de ellas con actividades sanas y legales) que dan de comer al pobre hoy, pero el hambre volverá mañana, excluyendo a los más desfavorecidos de la sociedad, haciéndoles sentir inútiles e incluso culpables de la situación y a la vez apaciguando la rebeldía, evitando que se produzcan presiones e insurrecciones. Esto puede sonar a ser inhumano pero ahí radica la función de un Estado: asegurar las necesidades básicas de sus ciudadanos y si no puede cumplirlas ser depuesto. La única forma de acabar con un Estado o con un sistema enfermo que no quiere perder sus beneficios abusivos y no reparte las riquezas, crea desigualdad y hambre es con una revolución que destruya el sistema, no que cambie el gobierno y éste después dé al pueblo las migajas de ese gran pan que se comen cuatro, ayer eran políticos, reyes y nobles, hoy los nietos de aquellos con otra forma de ser llamados e incluso la misma. Nada ha cambiado en los reinos de España, país de hidalgos y envidiosos.

 

 

 

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