el silencio

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Silencio-smallAlfredo Abrisqueta.- ¿Qué sentido iene la vida cuando el amanecer y el anochecer gana ese contorno que discrimina la belleza del misterio? ¿Qué sentido tiene entonces, aspirar millones y millones de átomos, exhalar las entrañas de las opiniones que configuran nuestro software, para acabar abriendo ventanas vacías hacia ninguna parte? ¡Qué puede esperar aquél que vio, que la nada lo era todo y que el todo se esfumó en la nada! El inesperado silencio… La pregunta, esa trampa que en sí misma encierra, la condición de desear que se haga cargo la aburrida y pretenciosa lógica. Un gélido mecanismo que combate al miedo con promesas de ser verdadero, escupiendo significados por todo el universo. Un universo simbólico, lleno de números y letras simbólicas, que nadan libres por la caótica imaginación ignorando las reglas de la Razón. Un símbolo universal que dibuja líneas perfectas para tapar la grotesca imperfección, destinadas al incesto, engrendrando las figuras y su extendida belleza, para aturdir con un bate ciego a la pesada Razón. Pero, ¿qué pasaría si el universo simbólico y el símbolo universal se devoran el uno al otro, volatilizándose ambos en la espesa realidad, conduciendo rebaños por distintas direcciones para acabar enfrentados en la eternidad? El silencio. Esta vez, no el de un hombre cuando se cansó de ser un niño, sino el auténtico, el que siempre ha estado ahí y nunca lo hemos escuchado. Cuando la nada y el todo o la belleza y el misterio se fusionan, surge ese molestoso silencio, que desorienta al Guía mediante trazos caóticos que infunden miedo, recordándonos una y otra vez, nuestra amarga soledad existencial. Esta es, sin ninguna duda, la respuesta a la pregunta sobre el sentido de la vida. El silencio.

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