El precio de la tierra prometida

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V.H. Ospina.- De cuando en cuando los medios informan de los saltos de la valla de inmigrantes para entrar a España. Cayucos repletos de hombres y  mujeres con bebés e incluso embarazadas. Pero la situación es mucho más grave de que verdaderamente se publica en los grandes medios. España fue condenada en febrero de 2012 por el Comité contra la Tortura de Naciones Unidas. Según explicaron los activistas en la zona, la Guardia Civil, después de interceptar y requisar en 2007 una pequeña balsa con dos personas que viajaban en ella, lanzó  al agua a una de ellas, Sonko, sin el chaleco salvavidas y sin la balsa. Murió ahogado.

El Ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, elogiaba en marzo la colaboración entre la policía marroquí y la española, que trabajan para frenar la amenaza del terrorismo yihadista y las mafias que se aprovechan del tráfico de seres humanas. Si bien es cierto que el terrorismo y las mafias son gran problema, no es lo es menos la problemática actual: la limpieza de africanos en Marruecos mediante redadas y deportaciones masivas para evitar el salto masivo de las vallas situadas en la frontera española-marroquí.

La policía marroquí juega un papel clave en este engranaje. Ejecuta las órdenes del gobierno español. Es, según Helena Maleno, periodista y activista de Caminando Fronteras, quien hace el trabajo sucio. Sobre ellas pesan diversos escándalos. El 21 de octubre, se celebró un juicio contra ocho policías, cinco oficiales y tres inspectores por estar implicados en una red de tráfico ilegal de inmigrantes. La Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) y el colectivo Caminando Fronteras recogían las agresiones a los inmigrantes subsaharianos que viven en Tánger, entre las que se cuentan ataques a refugiados o  a mujeres embarazadas.  También aparece documentada una supuesta violación a una joven de 16 años. Tal y como asevera la periodista y activista sobre la zona no hay una garantía efectiva de los derechos fundamentales de las personas, ni de los derechos humanos ni de los derechos de los refugiados.

A pesar de todo, los inmigrantes continúan jugándose la vida para llegar a España. Una vía de acceso consiste en saltar la triple valla de 6 metros, que no son obstáculos para los  inmigrantes. Vallas en las cuales el Gobierno va a reintroducir cuchillas que se retiraron en 2007 por la gravedad de las lesiones que producían, lo que ha provocado una indignación de los activistas. Otra vía de acceso al territorio español es cruzar a nado. A mediados de octubre un grupo de 100 inmigrantes fracasaron en su intento de llegar a Ceuta nadando. El Diario recogía que la represión había dejado 22 heridos. Uno de ellos presentaba fractura en un brazo y tendones rotos. Tuvo que ser intervenido quirúrgicamente en un hospital público marroquí.

Son muchas vidas las que se quedan por el camino. Los inmigrantes que cruzan a nado llegan en condiciones pésimas: deshidratados, con síntomas de hipotermia. Muchos son interceptados y detenidos por la policía. Después pasan como máximo 72 horas en las dependencias policiales. Los que tienen un poco de suerte son puestos en libertad. Otros tantos, son enviados al Centro de Internamiento de Extranjería de Madrid o Murcia. El de Algeciras cerró después de una gran lucha de los activistas por las deficiencias en las instalaciones. El de Tarifa está saturado. Esto evidencia el flujo de personas que llegan a las costas españolas. Muchos de ellos salen de sus países huyendo de conflictos armados, de las hambrunas en el Sahel, o de las persecuciones policiales.

A pesar de todos los impedimentos, maltratos y violaciones de los derechos humanos para llegar hasta España, muchos continúan arriesgando se vida en busca de la tierra prometida que pone obstáculos a la libertad de circulación de las personas. Si dan la vuelta, confiesan, están muertos, pero si siguen adelante, tienen un 50% de probabilidades de completar la aventura. Y, aunque no lo dicen, otro 50% de posibilidades de morir.

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