El muro de Belén

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Rachel Everingham (traducción Sara Álvarez). Este artículo está basado en las experiencias que tuve al visitar la Franja Oeste el pasado verano. A tan sólo tres kilómetros a pie del centro de Belén, el muro de cemento se eleva imponente con 8 metros de altura. Para ayudaros a imaginar el impacto visual que produce en el paisaje y la carga psicológica que supone para las personas, es interesante mencionar que es dos veces más alto que el Muro de Berlín. Se extiende a lo largo de lo que solía ser el bullicioso mercado callejero que unía Belén a Jerusalén y sobresale por encima de todo lo que hay a su paso. Lo que una vez fue una carretera principal se ha convertido en poco más que una callejuela estrecha y oscura. Incluso bajo la luz de pleno sol de un día de agosto el muro proyecta su sombra sobre ella. También se ha convertido en un punto negro para el tráfico de los vehículos locales, que se extienden a lo largo de kilómetros desde el punto de control de carretera.

 

La atmósfera es tensa. Las bocinas suenan constantemente. Los conductores salen de los coches para gritarse los unos a los otros en la fila. Los niños se quejan desde la parte trasera de los coches. A pesar de todo esto, los artistas locales y los comercios han hecho valientes esfuerzos para que el muro parezca menos feo y dominador. Cientos de mensajes, historias e imágenes añaden corazón y color al lado palestino del muro. Algunos son mensajes de paz, amor y solidaridad; otros son de martirio, odio y revolución.

Miles de personas cruzan a pie el punto de control israelí cada día para ir al trabajo, al centro de salud o a visitar lugares de culto situados al otro lado. Estas personas han tenido la suficiente “suerte” como para sortear las reglas complejas y aparentemente arbitrarias que rigen en los permisos de trabajo y los pases de hospital y de oración en Israel.

 

Primero caminas a través de una jaula de metal de 100 metros: barras metálicas semejantes a las de una prisión te rodean a izquierda y derecha, también sobre tu cabeza. Miras hacia abajo para ver que tus pies están pasando sobre un suelo de cemento recién fregado con una manguera de las que se usan en un matadero para limpiar la sangre de los animales. A continuación cruzas una serie de torniquetes con la humillante y deshumanizadora sensación de ser ganado antes de llegar al auténtico interior del punto de control. Aquí el pasadizo, que ya era estrecho, se estrecha aún más y te recolocan en filas de uno divididas con aún más barandillas de metal y verjas tan calientes que apenas puedes tocar, debido a los 35 grados de temperatura. Aunque eres una persona normal, empiezas a sentirte poco más que un animal en un desolladero, o un criminal de la peor calaña. Pasas por varios controles de seguridad, te quitas el cinturón, los zapatos y otros artículos a petición de los soldados. La gente se ayuda la una a la otra con sorprendentes actos de amabilidad humana para conseguir cruzar con las menos complicaciones posibles. Cuando finalmente llegas a una sala de cemento al aire libre y te pones en fila para el último control de pasaporte, ves un póster antiguo colgado en el muro descolorido. Es del tipo de los que verías en una aduana normal y corriente cuando entras en otro país: una fotografía anticuada de una familia feliz que está construyendo un castillo de arena en una pintoresca playa. Hay una frase que dice: “Israel – Donde las vacaciones nunca terminan”.

 

Todo lo relacionado con el muro y con el proceso de cruzar al otro lado está diseñado para hacerte sentir pequeña, intimidada, inhumana… No hay nada en el mundo tan desalentador. Belén está a menos de media hora en coche de Jerusalén pero para la mayoría de la gente de ambos lados es virtualmente imposible entrar en contacto. Dos mundos superpuestos gobernados por el miedo, el lavado de cerebro y la desinformación. Cuando lo ves con tus propios ojos es imposible imaginar que alguna vez se encontrarán.

 

 

 

 

 

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