El continente de la canciller

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Luis Eduardo Dufrechou Bermolén.- Europa entró en el siglo XXI eufórica, con renovada fe en su exclusividad como espacio mundial de libertad política y bienestar social, creyendo que su tiempo había llegado. La entrada en vigor de la moneda única, acordada en el Tratado de Maastricht una década antes, consumó un proyecto histórico que alejaba definitivamente el recuerdo de guerras y catástrofes, mientras la oposición de la sociedad civil y parte de los gobiernos europeos al unilateralismo norteamericano de Bush ponía de manifiesto, a sus ojos, la supuesta superioridad moral del Viejo Continente. Una década después la percepción es casi diametralmente opuesta: la inflación de expectativas se ha desvanecido y la autocomplacencia ha dado paso al desencanto, cuando no el cuestionamiento abierto de unas instituciones de las que el ciudadano medio está emocionalmente desconectado. ¿Qué ha llevado a esta transformación?

A lo largo de estos años en la U.E. siempre se antepusieron las necesidades de la gobernanza y el recetario macroeconómico de la Comisión a cualquier clase de mandato popular. En múltiples ocasiones los ciudadanos rechazaron la hoja de ruta que se les propuso, tal como franceses y holandeses hicieron con la propia Constitución Europea, en 2005. Pero esta oposición, lejos de ser vinculante, apenas modificó el curso de los acontecimientos. Así, la Carta Magna resucitó mediante el Tratado de Lisboa, pero el único pueblo consultado, el irlandés, contestó negativamente a su entrada en vigor, en 2008. ¿Ocurrió algo? Evidentemente no: en la cuna de la democracia –y el totalitarismo– uno puede repetir las elecciones hasta obtener el resultado deseado, de modo que tras padecer las respectivas –y efectivas- presiones Irlanda celebró un segundo referéndum que dio luz verde y desbloqueó la situación. Si este caso es sintomático del deterioro democrático que padece Europa hay que sumar que esta viene rigiéndose por una suerte de cripto-política que ha hecho de temas capitales, como la rúbrica de un TLC con EE.UU., secretos de Estado de los que los que ni los Parlamentos reciben información detallada.

A la brecha entre gobernantes y gobernados cabe sumar la brecha entre Estados, con una Alemania cada vez más autocrática, una Francia desplazada de su rol de contrapeso, una periferia sojuzgada por la Troika y unos países orientales que no han recibido los beneficios que en su día acompañaba entrar en la U.E.[1]. Desde la caída del muro Alemania incrementó enormemente su peso en el seno de la Eurozona, por más que dicho acontecimiento no solventara el abismo económico, cultural, religioso y político que divide todavía hoy la nación. De hecho, superada la catarsis inicial, la antigua RDA sufrió una severa crisis que incluyó el auge de la extrema derecha callejera, la explosión paralela de cierta “Ostalgie” (nostalgia del Este) y su ulterior plasmación política en el éxito de PDS, primero, y Die Linke, después[2]. La unificación fue un soberbio Vae victis: sin proceso constituyente, la RDA simplemente fue anexionada a la República Federal. Las enormes inversiones realizadas, nada desdeñables, no detuvieron ni el éxodo juvenil ni la trágica demolición de la sociedad obrera.

En cualquier caso, la atmósfera triunfalista en el oeste alemán coincidió con su ascendente influjo dentro y fuera de la U.E. Fuera, gracias a la ampliación de la Unión y la OTAN hacia el Este, convertido en mercado y fuente de mano de obra en provecho de su competitividad industrial. Dentro, mediante la imposición de contrapartidas a cambio del abandono del marco alemán, en especial la imposición del Pacto de Estabilidad que prohibió cualquier déficit público por encima del 3%. Sin embargo, la austeridad no involucró a la banca alemana, soporte financiero de las fiebres especulativas de Grecia, Irlanda o España. ¿Ocurrió algo? Esta vez sí: cuando inició la crisis el B.C.E. prestó dinero barato a los bancos en apuros y no a los Estados, favoreciendo que los primeros chantajearan con intereses altísimos a los segundos, incrementando su deuda. El resultado es que Europa asistió a la mayor socialización de pérdidas de su historia, traspasando la insolvencia desde las entidades privadas al Estado y la ciudadanía gracias al rol de una entidad pública. La receta para salir de la situación es ya un clásico: rescates condicionados a la aceptación de reformas estructurales.

Esta resolución provisional de la crisis ha acelerado la tendencia a que el poder y el capital se repartan de manera crecientemente asimétrica en el seno de la U.E., fluyendo de abajo arriba en un sentido social –de las clases populares y la sociedad civil a las élites y grupos de presión- y geográfico –desde los países del Sur a los del Norte-. Todo ello coincidiendo, además, con el harakiri generalizado de la socialdemocracia europea. El caso alemán no es excepcional, sino regla: el SPD implementó la agenda neoliberal antes que la propia Angela Merkel, a la cual asegura la gobernabilidad del país -y el conjunto de Europa- mediante la “Gran Coalición”. Las formas cuasi gélidas de la estadista y la escenificación recurrente del poderío alemán infunden certeza a sus partidarios, mientras la exacerbación de la culpabilidad ajena exime de toda responsabilidad a Alemania.

No cabe duda que la mano de hierro de la canciller ha acelerado el proceso de erosión de legitimidad y culminado el vaciamiento democrático de la U.E. La aceptación de la llegada de refugiados de Oriente Próximo, pese a la rebelión abierta en su propio partido, pudiera ser una maniobra para ablandar en el exterior la imagen estereotipada de rígida prusiana transmitida por quien impuso la austeridad a media Europa y hace poco comandaba en Grecia las fuerzas del establishment. En cualquier caso la Europa de Merkel es la del triunfo sin paliativos del There Is No Alternative thatcheriano. La crisis griega, en peculiar aviso a navegantes, acaba de evidenciar que nunca en la U.E. fue tan mayúscula la incapacidad de la democracia “en un solo país” para atender y materializar el deseo mayoritario de los ciudadanos. Perry Anderson lo afirma de manera categórica: “de la “Europa social”, en el sentido en que la entendían tanto Monnet como Delors, queda tan poco como de la Europa democrática”[3]. Diagnóstico desolador que deja sin respuesta el interrogante acerca de si las cada vez más palpables ansias de democratización política y económica serán capaces o no de derrotar al cada vez menos apreciado continente de la canciller.

 

Para Correo del Alba, Luis Eduardo Dufrechou Bermolén. Historiador por la Universidad Complutense de Madrid.  ledbermolen@gmail.com



[1] Véase Susan Watkins: “La situación política de la Unión Europea”, editorial de la New Left Review nº 90, enero-febrero 2015, pp. 7-29.

[2] Helga Schulz: “La nación tras el diluvio. Una perspectiva germano-oriental”, en Cuadernos de Historia Contemporánea, nº22, 2000, pp. 303-324.

[3] Perry Anderson: El Nuevo Viejo Mundo. Madrid: Akal, 2012, p.80.

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