EL CONSUMISMO, ¿UNA NUEVA RELIGIÓN?

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Estamos en un momento histórico en el que disponemos de las herramientas intelectuales suficientes para poder comprender los mecanismos que utiliza el sistema capitalista con el fin de crear un modelo socio-cultural alienante. Gracias a estos mecanismos, grandes sectores de población viven en condiciones manifiestamente injustas y no son conscientes de ello.

Así como la religión dirige al hombre a su realización en el más allá, consiguiendo que asuma su trascendencia al final de su existencia, aceptando el orden establecido como algo natural sin rebelarse, la actual sociedad consumista lo idealiza en el más acá. Actualmente, los grandes centros comerciales se han convertido en las catedrales de esta nueva religión.

El papel que desempeña este modelo consumista es inculcar en los más desfavorecidos y explotados un sentido de vida que produzca en ellos un adormecimiento acerca de su situación en la sociedad. Pero hoy en día, la crisis del capitalismo financiero está provocando una crisis del modelo de civilización. Cada vez más personas están poniendo en cuestión este modelo consumista; la realidad en la que se encuentran les impide realizarse en este sistema que le habían mostrado como el paraíso en la tierra. El resultado es una profunda insatisfacción. Cada persona insatisfecha con este modo de vida alienante es un potencial sujeto transformador, si es capaz de ver el origen de sus males.

Es indispensable mostrar a estas personas cuáles son las causas estructurales que están detrás de su frustración y dentro del sistema consumista, y cómo este sistema genera la explotación de su ocio y su trabajo. Es éticamente imprescindible intentar dar sentido a esa frustración, proponiendo una sociedad basada en unos valores alternativos a ese «becerro de oro», que tenga como paradigma la solidaridad, la cooperación, la sostenibilidad y el apoyo mutuo.

«¡Indignaos!», manifiesta el personaje de Tyler Durden en la película El club de la lucha, cuando dice lo siguiente: «la publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos hijos malditos de la historia. Desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es una guerra espiritual. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock y no lo somos, poco a poco nos hemos dado cuenta y estamos muy cabreados».

Éste es el sentimiento de muchos jóvenes hoy en día dentro de este sistema alienante.

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